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jueves, 31 de octubre de 2013

La dama boba, un pretexto de Elena Garro


La pieza dramática La dama boba, de Elena Garro, toma como pretexto la obra homónima de Lope de Vega. Y esto es así, no porque se aproveche del texto clásico para obtener público sino porque se sirve de ella en un punto de su profundidad para mostrar la complejidad de su época.
Garro presenta un texto dramático en el que una compañía teatral sale de la capital a montar una obra del Siglo de Oro. No obstante, esa representación se ve interrumpida por la inexplicable desaparición de uno de los actores. En ese momento, la dramaturga lleva al lector/espectador a internarse en el mundo onírico, surreal mexicano.

Así, en ese mundo que se vuelve surreal desde la mirada capitalina, no lo es para los propios pobladores que viven en el flujo de lo maravilloso, o de lo insólito diría Javier Ordiz, sin embargo eso maravilloso tiene que ver con el mundo latinoamericano donde la vida cotidiana se relaciona con lo mágico, con un despliegue barroco de la naturaleza inconmensurable, pero también con la presencia de los naguales y sus transformaciones incomprensibles desde lo occidental.
De igual forma, cabe destacar el trabajo de la historia visual, es decir, la intervisualidad más que intertextualidad señalada por Juan Villegas. Y ello se ve porque los personajes representan a La dama boba vestidos de acuerdo a la época áurea, pero también rescata la vestimenta de los pobladores. Y el mismo Villegas habla de la importancia que ha tenido en América Latina el teatro, como parte de su cultura, junto a la política y la religión.
En esta obra como en la de Lope, la protagonista resulta no ser tan boba como es señalada, ni Finea en aquella ni Lupe en esta, carecen de inteligencia, incluso de una discordante con las convenciones. Esto es, tienen una sabiduría femenina, más cercana a lo primigenio, a lo ancestral que no es comprendido por la visión patriarcal dominante en el mundo occidental.
Sin duda, Elena Garro es una de las grandes autoras mexicanas a las que siempre es gratificante leer, releer y experimentar.

martes, 1 de octubre de 2013

Baños Roma, Mantequilla Nápoles y Ciudad Juárez

Jorge A. Vargas (dramaturgo y director) presenta en Baños Roma una propuesta dramatúrgica basada en la búsqueda de la leyenda del boxeo José Ángel "Mantequilla" Nápoles con un soporte fuerte en elementos audiovisuales. Es una pieza que pone sobre el tablado a ocho personas que durante todo el espectáculo se mantienen ahí. Sin embargo, hay dos que no actúan, se encargan más bien de efectos sobre el material audiovisual. En un cuadro se suman un trío norteño, y dos percusionistas: timbal y congas.
El tiempo escénico es de una hora y media, en la que el texto dramático se desdobla y cobra espacio y tiempo junto al palimpsesto formado por notas periodísticas sobre el boxeador, así como fragmentos textuales de Julio Cortázar, una fotonovela y secuencias de video sobre el hallazgo de los baños. El ejercicio metateatral lleva hablar de la puesta en escena que como espectadores experimentamos pero también la especie de documental que presentan inserto en la obra.
La colisión dramática, de la que escribre Luckács, está representada por la decadencia del Mantequilla Nápoles y es ella quien jala todo lo mencionado anteriormente, así como las diferentes temáticas que arroja el dramaturgo: Ciudad Juárez, su militarización, el abuso policial, los perros muertos, los feminicidios y la absurda proliferación de tables dances, la vida nocturna venida a menos, el auge de las fiestas en casas y karaokes, la mala planeación urbana.
En una conciencia clara sobre la historia, según Hayden White, Vargas da sentido y construye su drama sobre la leyenda boxística y su lamentable vida adulta en una lamentable época de esta ciudad que se ha convertido en asilo de este cubano naturalizado mexicano, como otros migrantes que llegan a Ciudad Juárez con esperanzas y proyectos de vida que si no caen en algún bache, quedan desgarrados por los alambres de púas fronterizos.
Por esa razón inicia la obra con un prólogo a la manera clásica y organiza de esa forma la caótica realidad de la vida en momentos críticos. Es el cuento para dormir, la canción de cuna cruda, impactante pero remanso al fin, para el alma que enfrenta caras mucho más temibles como las encapuchadas, los cuerpos en bolsas negras, las luces cegadoras, las ráfagas que rompen la atmósfera, los ladridos que se reproducen hasta animalizar toda comunicación.
La representación espacial es uno de los grandes aciertos de esta pieza ya que reta al espectador a estar atento a las acciones de los actores, de los elementos de las escenografía como los costales, las danzas en pareja y solitario, la proyección en lo alto, las básculas, la cámara que enfoca y produce un efecto de extrañamiento al mismo tiempo, el segundero que marca cada round como si la vida fuera un constante pleito contra un contrincante del que se conoce apenas su peso pero no sus fortalezas ni debilidades y mucho menos la sospecha de una dimensión humana detrás.

Además del rompimiento de la cuarta pared al interactuar con el público, una de las formas más sutiles y envolventes en la atmósfera boxística es el aserrín que jala la conciencia y la memoria hacia los gimnasios, a los talleres, al contacto con la naturaleza ya intervenida, el olor de la madera derramada, un roble hecho trizas como el campeón imbatible, ahora desparramado en la noche que lo cubre todo, tras el humo de los puros, fragmentos de la grandeza que recuerdan el bosque al que pertenecía y nunca más volverá.
Baños Roma es una obra muy rica en elementos y posibilidades de análisis. Se disfruta la experiencia teatral en esta obra. Quizá lo único que no comprendí es la necesidad de que dos técnicos audiovisuales estuvieran en el escenario. Si no aparecen no pierde fuerza el drama e incluso podría agilizarse más. En general es una pieza excelente y muy bien lograda.

jueves, 29 de agosto de 2013

El burlador de Tirso, o los tres don juanes

 
Héctor Mendoza en El burlador de Tirso resignifica el mito de don Juan y presenta variables bien interesantes, que desde la parodia postmoderna, como lo indica Linda Hutcheon es una de sus principales virtudes. Es decir, la intertextualidad paródica con el fin de replantear y cuestionar propuestas, temas, valores, autoría y productos intocables.
Mendoza en un juego metateatral problematiza la puesta en escena de los clásicos, en este caso, de los Siglos del Oro. Además desarrolla toda una discusión sobre lo que es el trabajo actoral y su importancia para diferenciar los papeles de los personajes. Hace énfasis en los actores, ya que son quienes en última instancia entregan el producto estético al público.
Tadeus Kowzan apunta algunos aspectos importantes que están representados en el actor y otros fuera de él. Así, cabe señalar la relevancia que cobran en la obra de Mendoza. Donde recae el peso de la obra es en la palabra y el tono por los diálogos que sostienen sobre la importancia actoral, sobre la forma de representar los clásicos y sobre la resolución de la puesta en escena de El burlador de Tirso. Otro elemento a destacar es el uso de la iluminación como demarcadora de secuencias y de la progresión del tiempo. Quizá uno de los aspectos sobre los que tendría que trabajar mucho la compañía que se atreviera a montarla en las tablas sería la del movimiento para llenar esos huecos de los que habla el director de este Burlador.
En cuanto a la pragmática, no es casual que el texto espectacular se haya estrenado en el Teatro El Granero, ya que cuenta con una ubicación muy accesible en la Ciudad de México, junto al Auditorio Nacional. Con un escenario por el que se podía enfrentar a él por los cuatro costados, lo que se presta a un uso más dinámico que los espacios dramatúrgicos convencionales.
Por lo que toca a la cuestión semántica, como lo señala Antonio Tordera, el que se represente una compañía teatral que ensaya en el teatro una comedia ubica al público en una clase del tratamiento, ahora sí, como lo menciona el director a sus actores, desde adentro. Ya no se trata de crear una consciencia de lo que es el teatro y toda su materia desde lo externo sino desde el interior. La apuesta es experimentar el teatro con una consciencia que surja desde dentro de cada espectador.
Les dejo una entrevista con el maestro (conste que a mí tampoco me dio clases) Héctor Mendoza: